Sexualidad Transorgámica es una forma muy diferente de concebir y practicar la sexualidad, que puede traer verdadero reencatamiento, armonía y felicidad a tu relación de pareja. Transorgásmico es un término nuevo que quiere decir "más allá del orgasmo" o "trascendiendo el orgasmo" y como modelo y como práctica se basa en conocimientos de antiguas tradiciones como el Tao, el Tantra y la Alquimia, entre otras, en los descubrimientos actuales de la neurociencia sobre sexualidad y, por sobre todo, en lo que algunos hemos podido practicar y experimentar por nosotros mismos.

lunes, 19 de abril de 2010

¿Por qué nos des-enamoramos?

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Este es un extracto del libro Peace Between The Sheets, Healing with Sexual Relationships, de Marnia Robinson, que en este caso hemos traducido. Es bastante extenso, pero muy interesante, pues Marnia nos relata su experiencia y su búsqueda de los que ella llama la "Aproximación No-Orgásmica al Sexo". Corresponde al primer capítulo del libro; este último también pueden hallarlo completo, pero en Inglés, en google.libros, para imprimirlo o leerlo online.

Los dejo con la lectura de Marnia, la que de seguro les resultará amena por su lenguaje sencillo y cercano. Y recuerden visitar su extraordinario sitio web en http://www.reuniting.info/




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POR QUÉ NOS DES-ENAMORAMOS (Por Marnia Robinson)

¿Te has enamorado alguna vez de alguien que a la vez te ha amado? ¡Qué experiencia! Repentinamente el mundo comienza a tener sentido. Con alto voltaje fluyes con inspiradas ideas. La vida toma un brillo prometedor, y las alas y el halo de tu amado son claramente visibles. Aun, si las cosas siguen su curso normal, tú recordarás este breve período de conciencia exaltada como una luna de miel, y lo verás con una suerte de…decepción.

No es decepción. Algo muy real está ocurriendo. Un completo circuito de energía está fluyendo a través de vuestros corazones, y los está energizando, expandiendo vuestra percepción, y mejorando profundamente vuestra química corporal. Cuando la humanidad aprenda a seguir esta espiral de energía ascendente estará en el camino hacia algo más profundo. De acuerdo a diversas tradiciones espirituales alrededor del mundo, este circuito de energía que fluye entre los amantes es nada menos que un camino de iluminación.

Por ahora, sin embargo, la mayoría de nosotros no puede jamás alcanzar este "último piso” del edificio. En vez de eso, llegamos sólo a algún lugar cercano al "piso tres" y rápidamente comenzamos una espiral descendente hacia lo mundano…demasiado a menudo seguida por una caída en picada hasta la base. Esto sucede porque nuestra parte física actúa de acuerdo a un piloto automático biológico, mientras nosotros creemos que se trata de algo de nosotros mismos.

Mi educación sobre las relaciones sanadoras comenzó casi como un accidente. En 1986, mi hermana, preocupada de observar el subeybaja de mi vida amorosa, me pasó un libro titulado algo así como “Casarse con el Hombre de tu Elección”. El libro insistía en que yo necesitaba escribir una descripción detallada de mi compañero ideal. Así lo hice.

En efecto, él apareció al cabo de un año. No sólo eso, un par de meses antes de que Russ y yo nos encontráramos, una psíquica en una fiesta le aseguró a él que me conocería en cierta fecha. Ella le dijo mi edad, mi profesión, el elemento de mi signo astrológico y muchas otros detalles precisos. Nos encontramos en una conferencia en Nueva York dos días antes de la fecha señalada por la psíquica y esto ciertamente lo sentimos como una unión del destino. No obstante, poco después de que el sexo convencional entrara en escena, la relación colapsó. Y cada vez que lo volvíamos a intentar, nuevamente colapsaba.

Era espantoso observar que una relación con alguien con quien me había sentido tan profundamente predestinada y conectada, se desmoronaba a pesar de los esfuerzos por salvarla. Me volví hacia mi guía interior demandando una explicación, y esa misma semana di con mi primer libro sobre sexualidad Taoísta. Este libro explicaba que había otra clase de éxtasis posible entre amantes, y en el instante en que leí las descripciones, supe que era los que siempre había estado buscando en mis relaciones:

“El orgasmo valle [distinto del convencional orgasmo “pico”] ocurre espontáneamente en el profundo estado de relajación, y es una experiencia muy poderosa en la cual siento, en cada célula, todas las partículas de mi ser como un exquisito, extático punto de fusión. El sentimiento de conexión con mi compañero(a) es profundo. Mi ser entero se comparte con el de él, y el de él con el mío, como un flujo que no conoce fronteras…Yo siempre me sobrecojo por el poder que reside en el hombre y la mujer. Estamos más cerca de lo que creemos de ser dioses y diosas…Hay un sentido de tener todo el tiempo del mundo, de ser una eternidad, y de tener más y más energía disponible." (Chia & Chia, 1986, p. 291)

El “asunto”, por supuesto, era que para encontrar este éxtasis valle, uno tenía que superar el orgasmo convencional. Russ, no obstante, era muy conservador y no tenía interés en lo que él consideraba ‘sexo no convencional’. Poco tiempo después fui transferida a Europa. Frustrada de nuevo.

ENGANCHÁNDOME CON EVITAR EL ORGASMO

Pasaron los años y ningún sabio de Oriente apareció para instruirme en la unión mística. Decidida a aprender, me inspiré en uno de mis dichos favoritos:

“Nunca temas intentar algo nuevo. Recuerda, los amateurs construyeron el Arca; los profesionales, el Titanic.”

Concluí que tenía que hacerme una idea de cómo motivar a otro principiante para explorar este misterio junto a mí. Rápidamente descubrí que, aún con buenas intenciones, no es fácil dejar atrás los hábitos sexuales corrientes. Podía lograrse, empero, y el proceso fue sorprendentemente disfrutable. Con suficiente automotivación, y claras instrucciones (la segunda parte del libro), no tendrás que ir a tropezones como yo.

Aquí está el recuento de mi primer intento por “crackear el código”: Nos conocimos con Alex en un taller en una comunidad espiritual en Escocia. Un hombre profundamente espiritual, estaba haciendo una pausa en su práctica en psicología, viajando desde Canadá alrededor del mundo, para así visitar varios ‘sitios de inspiración’. Después del seminario, regresamos a mi casa en el continente europeo. Después de mucha discusión, decidimos poner en práctica una aproximación no-orgásmico al sexo.

Yo tenía un libro, escrito por un hombre, con un montón de ‘tips’ sobre cómo los hombres podían ganar maestría sobre el impulso de eyacular. Recomendaba tensar los músculos alrededor de la próstata, apretar la mandíbula, contar al respirar, y muchas otras técnicas enérgicas – las cuales yo después aprendí que no son tan efectivas como un muy gradual y más relajado acercamiento a la intimidad sexual.

Todas las veces, Alex insistía que él no necesitaba instrucción alguna. Cuando hacíamos el amor, sin embargo, ocurría como era lo usual. Es decir, él eyaculaba. Y durante todos los muchos días que siguieron, pasó lo mismo una y otra vez, a pesar de la genuina intención de evitar el orgasmo. Seguí insistiéndole que estudiara el manual, pero él se ponía cada vez más irascible. Cuando yo le observé, de acuerdo al libro, que su corto temperamento podría deberse al orgasmo frecuente, él estalló.

“¡Tú debes estar loca para sugerirme que la eyaculación tiene un efecto negativo en los hombres,” se encrespó. “Yo soy psicólogo. Si así fuera, yo lo sabría. Y si sigues hablando así, irás a parar a una institución mental…para explicárselo a tu loquero!”

Yo podía ver que ningún argumento más podía ya empeorar las cosas, y se me vino a la mente ¡lo estupendo que sería si él se subía en el próximo tren! Mantuve un silencio de piedra.

Finalmente él explotó, “¡Me doy cuenta de que no vas a escuchar ni una palabra de lo que yo diga hasta que lea ese libro!”
“Correcto, Alex”, admití.
“Ok, ¿qué tengo que leer?
Le mostré las cuatro o cinco páginas que explicaban las técnicas mencionadas arriba para que los hombres evitaran el orgasmo.
Él echó un vistazo a las instrucciones y anunció, “Vamos, intentémoslo.”



Para ese momento, yo estaba a punto de abandonar la idea. Esta más bien descortés invitación no se parecía a ninguna de mis imágenes sobre un encuentro de sexo sagrado. Pero yo anhelaba saber si las ideas tendrían algún mérito.

Hicimos el amor de acuerdo a las instrucciones. Él apretó y contó, y acabó la relación sin haber eyaculado. Entonces, me sorprendió cuando dijo, “No puedo creerlo. No me siento insatisfecho. No tengo…uh…bolas azules (“blue balls” es una expresión coloquial para señalar cuando un hombre se queda con la excitación sexual sin eyacular, lo cual le causa molestias. En castellano tendríamos que decir algo así como “las bolas hinchadas”, (nota de la traducción)). ¡Gracias por enseñarme esto!”. Tan anonadante como este hallazgo, una sorpresa mayor fue la que siguió. Durante las próximas 24 horas, él fue un hombre diferente. Su rabia se evaporó y su corazón se abrió. Mientras antes me había asegurado que él no necesitaba una pareja porque estaba en un camino espiritual, ahora se abría y hablaba sobre cuánto él siempre había deseado una compañera y se encontraba confundido por su incapacidad de estar en una relación.

El cambio más grande fue que él me vio con una luz completamente diferente. Nunca más me recomendó que me internara. En vez de eso, me dijo, “Tú eres tan espiritual y generosa. Dios realmente debe estar orgulloso de ti por perseverar en esto, a pesar de tanta resistencia.” Yo también me sentí transformada. Mi corazón se rompió de gratitud y pude ver con claridad sus cualidades angélicas. Me recuerdo pensando, “Gracias por mostrarme esta verdadera belleza de hombre.”

Yo me juré que había tenido mi última relación sin sentido con un amante. Pude saborear el potencial para la mutua adoración e intimidad satisfactoria en el nuevo concepto y estaba más decidida que nunca a dominar este acercamiento no convencional al sexo. Al final, me hallaba completamente motivada.

DIME QUE NO ES VERDAD

Y resultó que tuve más relaciones sin sentido por delante, debido a que algunas de las pistas-clave de cómo uno elude la biología no se encontraban en los manuales de sexo sagrado que yo había comenzado a ‘devorar’. A pesar de los emocionantes y significativos avances, mis resultados eran inestables. Buenas intenciones y nobles aspiraciones claramente no eran suficientes. Apenas yo caía en los antiguos hábitos la acostumbrada desarmonía en la relación se hacía presente. Difícil como esto era aceptar que el orgasmo en sí mismo parecía ser el culpable. Una vez que estuve preparada para considerar esta hipótesis inverosímil, me topé con una amplia evidencia sobre un doloroso anzuelo incrustado en el cebo de la atracción sexual. Éste causaba que los amantes se alejaran el uno del otro.



Recuerdan la película “Cuando Harry conoció a Sally? Billy Cristal decía que treinta segundos después de hacer el amor él quería salir de la cama y marcharse. Cuando le pregunté sobre eso a una de mis parejas, él respondió, “Sehh, supongo que es la forma como la mayoría de los hombres nos sentimos. ‘¡Bum, ya está hecho! Elvis se fue del edificio. La mujer gorda ha cantado. Gracias…y adiós’” Desafortunadamente, este deseo subconsciente de alejarse hace que un compañero luzca totalmente diferente después del sexo, aún si no se aleja.


Un amigo me describió su primera relación sexual. “Quería llorar”, me dijo, “porque ella era tan hermosa y yo la deseaba tanto. Pero recuerdo que me sentí un poco desilusionado cuando después vi su cuerpo, y su belleza no me encendía más como lo había hecho en medio de la pasión"

Extrañas cosas ocurren en nuestra percepción del otro después de que el “peak" del orgasmo se desencadena. Yo pienso en este cambio como una resaca –una fase temporal de sutil incomodidad que sigue al sexo apasionado. Habitualmente lo proyectamos en nuestra pareja o en el mundo circundante, imaginando que él, ella, o las circunstancias a nuestro alrededor sobre las que no tenemos control, causan nuestro malestar. Aquí hay una cita del ensayo de D. H. Lawrence “Pornografía y Obscenidad”:

La experiencia enseña que los individuos comunes [tienen] una actitud de repudio hacia el sexo, un deseo disgustante de insultarlo. Si esos tipos tienen relaciones sexuales con una mujer, triunfalmente sienten que la han ensuciado, y ahora es más baja, más barata y más despreciable de lo que era antes.” (Thrilling, 1977, p. 654)

Probablemente estás pensando que esos tipos tienen un tema serio con sus madres. No obstante, yo ahora sospecho que este problema de resaca es la razón de por qué una buena parte de la humanidad apoya extrañas nociones sobre la sexualidad. Si podemos sentirnos lo suficientemente ansiosos para salir corriendo después del sexo, podemos también sentirnos suficientemente incómodos para convencernos a nosotros mismos de que el sexo opuesto es repulsivo, que Dios nos está castigando por involucrarnos en el sexo, o que es una buena idea cortarle los genitales a las muchachas como se practica en algunas partes de África. Aún si no nos sentimos culpables per se, nuestra percepción hacia nosotros o hacia los demás cambia hacia lo peor. Recuerdan lo que dijo Hugh Grant no mucho después de que fuera sorprendido con Divine Brown en 1995?

Me importa un carajo la moralidad de esto… No me importaba. Todo el mundo es una bestia sucia”

Aquí hay otro ejemplo del impulso de un hombre de marcharse después del sexo orgásmico, de John Lee en “The Flying Boy”:

"No importa quién fuera la mujer. Yo era tan bueno cuanto durara el momento en que hacíamos el amor. Después de ese instante siempre tocaba algo tabú –acaso mi madre, acaso mi dolor- y yo tenía que volar lejos… Me preocupaba y esperaba el momento más apropiado para emprender el vuelo. Si yo no volaba, me alejaba corriendo. De todas maneras yo sabía que no podía estar con ellas." (Lee, 1989, p. 10)

Y consideren este dramático ejemplo del profundo miedo vinculado al sexo, del padre de la psiquiatría moderna, Sigmund Freud:

"Probablemente ningún macho humano está a salvo del miedo a la castración ante la vista de un genital femenino". (Freud & Freud, 1968, p. 154)

Claramente el sexo está ligado a sentimientos suficientemente irracionales como para apartar a los miembros de una pareja. Un maestro taoísta explica:

"Eventualmente un hombre puede desarrollar sentimientos de indiferencia u odio por su compañera sexual porque él subconscientemente se da cuenta de que [cuando él tiene sexo con ella] pierde aquellas altas energías que podrían convertirlo a él en un hombre verdaderamente feliz." (Chia, 1984, p. 44)

Cualquiera que estudie Medicina Tradicional China estará familiarizado con la idea de que el orgasmo tiene consecuencias negativas. Pero rara vez entendemos esto como un tema emocional, psicológico.

El malestar subconsciente puede apuntar más allá del drama en nuestras relaciones, porque no siempre nos proyectamos nuestra incomodidad unos a otros. Consideremos las palabras del psicólogo Herb Goldberg en “What Men Really Want”:

"La naturaleza defensiva de la masculinidad crea una profundamente cautelosa y negativa experiencia del mundo, al cual ven como un lugar donde nunca hay sufieciente poder, control, seguridad e independencia." (Goldberg, 1991, p. 112)

A diferencia de Freud y Goldberg, yo no acepto que esas creencias defensivas sean parte innata de la naturaleza de los hombres. Mientras más aprendo, más sospecho que el sentido de carencia que domina la experiencia humana se origina simplemente en el cambio perceptual asociado al sexo. Las implicancias de esto son enormes. A medida que la luz se iba prendiendo, sentía como si hubiera descubierto un elefante en mi living, que había estado ahí largo tiempo, bloqueando mi progreso y entrampando ciegamente mis relaciones.

LA RESACA ESCONDIDA.

Al final terminé aceptando que el cambio en la percepción de mis parejas hacia mí, el cual a menudo yo había experimentado, no era estrictamente un producto de mis propios temas o los de ellos. Era real. Pero –y aquí está el punto más importante de este libro- el cambio perceptual era algo involuntario y prevenible. Es decir, los miembros de la pareja no podían evitar que el cambio ocurriera a menos que se dirigieran a la causa subyacente.

Leí mis textos de sexualidad sagrada nuevamente. Estaba en blanco y negro: el acto sexual es beneficioso, mas el orgasmo trae consigo una gran cantidad de problemas. Los síntomas podían incluir sentirse agotados, irritabilidad, desequilibrio energético, problemas de salud, y más significativamente, una creciente aversión hacia nuestro compañero sexual.

El mundo está lleno de cosas obvias, de las cuales nadie en ninguna oportunidad se da cuenta.
-Sir Arthur Conan Doyle

Las antiguas enseñanzas culpaban de estos problemas a la pérdida de semen, de tal modo que la mayoría de los textos claman que sólo los hombres sufren de los efectos negativos. Esta explicación ha probado ser demasiado simplista. Yo he aprendido con certeza que esta aflicción post-orgásmica igualmente afecta a las mujeres –alterando negativa y dramáticamente sus percepciones hacia sus parejas- aunque algunas veces toma más tiempo que en el caso de los hombres. La pérdida de semen, de hecho, resulta virtualmente irrelevante.

Hablando en general, las personas no están concientes de esta resaca. En verdad, la biología nos ha enganchado tan firmemente en la neuroquímica que acompaña al sexo orgásmico, que nosotros sólo tomamos nota de sus apabullantes efectos a corto plazo. Pero, ¿Se han ustedes enamorado alguna vez con total abandono, experimentado un ‘hacer el amor’ maravilloso, y estado seguro de que querían estar juntos para siempre…y luego notado que una extraña separación emocional se desarrolla entre tú y tu amado? Muchas veces cambiamos de pareja debido a este sentimiento de separación, creyendo que somos víctimas de incompatibilidad.

Realmente, somos víctimas de nuestros fluctuantes neuroquímicos. Es decir, nuestra pareja parece irresistible cuando la química cerebral de la atracción inicial resuena en nosotros. Pero el fuego de la pasión produce subsecuentes cambios en esta química que, tarde o temprano, modifican para peor la percepción del uno al otro.

El brillo cálido del amor, que antes iluminaba nuestro mundo, misteriosamente se esfuma, dejando una estela de desarmonía y estancamiento. Como una resaca alcohólica, estos cambios nublan nuestra perspectiva hacia la vida e incluso nuestra percepción espiritual. Este cambio de percepción radical puede explicar por qué un texto tántrico se refiere al orgasmo como el "asesinato del Buda interior" (Dowman, 1984, p. 248)

Como expliqué en la Introducción, el sexo activa el mecanismo de placer/recompensa en el sistema límbico, o cerebro primitivo, para estimularnos a procrear. Es el mismo mecanismo que actúa detrás del alcohol, la nicotina, y muchas otras drogas comunes. Es fácil comenzar, pero, cuidado, esta área del cerebro no está diseñada para mantener la sobre-estimulación continua. Como explicaré en detalle un poco más adelante en el libro, el exceso de estimulación provoca que centro de placer/recompensa ponga frenos en acción. Algunos de nosotros sentimos esta desaceleración como malestar, ansiedad, monotonía, o irritabilidad. Incluso está la desesperada necesidad de remodelar a nuestra pareja para que pueda responder a nuestras amplificadas necesidades.

Desafortunadamente, los efectos emocionales de la resaca orgásmica duran mucho más que los inducidos por el alcohol. De hecho, en mi experiencia, la percepción post-orgásmica de los amantes puede permanecer distorsionada hasta por dos semanas. Y a menudo empeora radicalmente antes que ese tiempo termine.

Este extenso período de recuperación probablemente da cuenta de por qué el judaísmo ortodoxo recomienda dos semanas de abstinencia desde el acto sexual cada mes. Esto les da a los miembros de la pareja una oportunidad de restaurar su equilibrio interno antes del próximo ciclo de altos/bajos. El resto de nosotros, sin embargo, tenemos poca ocasión de vincular esta resaca con nuestras vidas sexuales porque raramente dejamos pasar lo suficiente como para observar el ciclo completo. (Y cuando estamos sin sexo, habitualmente nos turbamos por el miedo a la soledad emocional).

Muchos de nosotros hemos experienciado relaciones sexualmente activas como un brutal subibaja que cabalga hasta que el estancamiento coloca y/o nosotros colocamos los frenos. Creo que esto ocurre porque estos ciclos insospechados entran en acción, traslapados unos con otros. Cuando los miembros de la pareja alcanzan los puntos bajos, cada uno tiende a proyectar en el otro su propia disconformidad. Típicamente, él comienza a parecerle a ella imposiblemente autocentrado, insensible, y egoísta, mientras ella aparece ante él como espantosamente necesitada, imposible de satisfacer, y demandante.

Con seguridad, estos roles no son específicos de un género, y la desarmonía puede tomar muchas otras formas. Cuando ambos se alejan inmediatamente, nos referimos a eso como un encuentro de una noche. Y cuando ambos se vuelven necesitados, le llamamos co-dependencia.

Habitualmente, no obstante, un amante se aleja mientras el otro desesperadamente busca evitar la separación que se avecina, manipulando, sobre-controlando, o provocando sentimientos de culpa. La cautela rompe la confianza de corazón abierto que fluía entre ambos. Típicamente, uno llega a ser extremadamente yin, creando una insaludable succión en la relación, mientras el otro compañero se vuelve extremadamente yang y repele al primero.

Durante este periodo de resaca, tenemos une poderosa sensación de que algo no está bien. Y no lo está. Desafortunadamente este síndrome está generalizado. De modo que intentamos convencernos unos a otros de que nuestra aflicción es un “Así es la vida”, o que puede ser reparado a por el abordaje de algunos aspectos de nosotros mismos, o evitado si somos más selectivos con nuestra próxima compañera. Cuando incurrimos en el problema una y otra vez, las detalladas listas de nuestros “debe tener” para el futuro crecen cada vez más.

Es fácil engañarnos a nosotros mismos diciendo que el sexo convencional no tiene nada que ver con nuestro tormento porque los síntomas rara vez se muestran primero como problemas sexuales. En vez de eso, se manifiestan como aquello que nosotros percibimos como defectos obvios de personalidad en nuestro amante o nosotros mismos, tales como adicción, quejas, insensibilidad, gastos irresponsables, paranoia, tacañería, o irresistible atracción hacia terceros. Y así atacamos los síntomas en vez de la causa.

Excepto por mamá y papá en “The Brady Bunch”, yo realmente no conozco parejas que hayan escapado por completo a los efectos de este bajón más allá de los primeros seis meses de relación comprometida. Aún los matrimonios que se ven más felices pronto revelan asombrosas brechas fuera de escena (Ver Capítulo 6). Pareciera que hay algo más que sólo azarosa mala suerte actuando. Por lo demás, al menos la mitad de los matrimonios deberían estar felizmente contentos y haciendo mucho el amor. No es así.

EL ESCRITO EN LA MURALLA

Cuando comprendí las dimensiones del problema, me di cuenta de que otros ya estaban admitiendo los efectos de la resaca aunque la etiquetaban de modo diferente. Por ejemplo, el popular terapeuta de parejas John Gray (Los Hombres son Marte y las Mujeres son de Venus) enseña que los hombres son como gomas elásticas, con un patrón de calentura y liberación seguido por periodos de alienación emocional respecto a sus parejas.

Yo admiro su clara articulación de los síntomas cuando oigo una cinta suya. Recuerdo que su explicación era algo así como esto: “Hombres, ustedes deben alejarse de las mujeres después de los períodos de intimidad, o ellas los agotarán. Mujeres, cuando eso ocurra, acudan a otras mujeres hasta que vuestro hombre esté de nuevo preparado para sacrificarse en el amoroso contacto con ustedes.” Aunque agradezco esta franqueza, pienso que es poco sensato asumir que un sentido de sacrificio, retirada emocional, o conducta agotadora, son inocuos cuando se repiten en una relación.

Acaso ustedes recuerden “La Novena Revelación” de James Redfield, en la cual al protagonista se le prohíbe entablar una relación con una mujer, ya que eso podría “sacarlos de sus respectivos caminos de evolución individual, y conducirlos a una desesperada lucha de poder”. Y también mujeres autoras, alaban la separación. Veamos, por ejemplo, “Woman, Passion & Celibacy” de Sally Cline, quien enumera las razones dadas por muchas mujeres que optan por el celibato.

Lo he tenido con los hombres…no más ansiedad sexual…Quería una vida simple…el sexo era aburrido…lo hacía por despecho…denme compañerismo, no sexo…necesitaba más tiempo para mí misma…mi alma estaba sufriendo…(Cline, 1993, p. 91)

Sin darse cuenta, estos autores están señalando el bajón desde el efecto de la resaca, el cual los antiguos sexólogos advertían. Ciertamente yo había tenido amantes retirándose “dentro de sus cuevas”, como pone John Gray, después intimar. Y me había hallado a mí misma en bizarras luchas de poder con mis parejas, las que me parecían completamente sin sentido semanas después. ¿Pero es la separación, temporal o total, la única manera de sobrellevarlo?

No de acuerdo a los antiguos textos. Éstos insisten en que hay una forma de hacer el amor sin resacas ni alienación. En verdad, convencer a alguien de privarse del orgasmo convencional no es la cosa más fácil en el mundo, pero aún desde el primer momento, yo sabía que tampoco era imposible. Después de todo, yo había leído libros escritos por hombres que abogaban por ello. Y había visto por mí misma los beneficios en mis parejas al evitar el orgasmo.

Y resultó que, convencer a mi amante de no eyacular al hacer el amor, no era el único obstáculo entre mí y el objetivo de la unión más profunda. Había más piezas en este puzzle.

REFERENCIAS

Chia, M. (1984) Taoist Secrets of Love. Cultivating Male Sexual Energy. Page 44 Santa Fe: Aurora Press.

Chia, M. & Chia M. (1986) Healing Love Through the Tao. Huntington: Healing Tao Books.

Cline, S. (1993) Women, Passion & Celibacy. New York: Carol Southern Books.

Dowman, K. (1984) Sky Dancer: The Secret Life and Songs of Lady Yeshe Tsogyel.

Freud, A. & Freud, J. (1968) The Future of an Illussion; Civilization and its Discontents; and other works, the Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, vol 21, page 154. London: The Hogarth Press and the Institute of Psychological Analysis.

Golberg, H. (1991) What Men Really Want. New York: New American Library.

Lee, J. (1989) The Flying Boy, p.10. Deerfield Beach, FL: Health Communications, Inc.


Thrilling, D. (1977) Ed. The Portable D. H. Lawrence. New York: Penguin Books.
London: Routledge and Kegan Paul)
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jueves, 8 de abril de 2010

La mujer: Naturalmente Transorgásmica

La mujer, mucho más que el hombre, es naturalmente transorgásmica. Esto quiere decir que su sexualidad está mucho más conectada con un intercambio afectivo y energético durante la relación, que con el hecho de alcanzar rápido el orgasmo. El placer femenino, tan misterioso para el hombre por su complejidad, no siempre se experimenta como una descarga explosiva.
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Y es que la sexualidad femenina es también menos parcializada y localizada que la del hombre. Pensemos que este último tiene genitales externos, en cambio en la mujer, tanto el útero como los ovarios y la vagina se hallan muy por adentro de su propio cuerpo. La mujer necesita más tiempo para alcanzar su máximo placer, pero muy a menudo los hombres, quienes son naturalmente orgásmicos, no duran lo suficiente antes de eyacular. Hablando sólo de la capacidad sexual de la fémina, mientras el hombre común sólo puede lograr sólo 1 orgasmo, ella puede experimentar varios.

También en la mujer las zonas de placer se diversifican. No se trata sólo del clítoris y la vagina; también están los senos, los labios, el lóbulo de la oreja, las caderas y en general toda la superficie de su piel, la que opera como un órgano sexual. En el hombre, todo o casi toda su capacidad excitatoria se concentra en el miembro viril, específicamente en el glande. Al estar tan localizada, los impulsos sobrepasan fácilmente el umbral de excitación donde sobreviene el orgasmo. Es la razón de porqué a los hombres les cuesta tanto controlarse sin eyacular.

Y si hablamos de las tradiciones que practicaron y siguen practicando Sexualidad Transorgásmica, encontramos, por ejemplo, el Tantra, donde la mujer es ensalzada como muy superior al hombre en lo sexual. Ellos afirman que “lo que aprende una mujer en un día, un hombre lo hace en un año”. Recordemos que el Tantra es un conocimiento antiquísimo en la historia de la civilización, que se remonta a las culturas matrízticas de la antigua India. Para el Tantra, el amor sexual tiene carácter de sagrado, pues constituye una suerte de camino de iluminación o liberación. Y la mujer, al ser sexualmente superior al hombre, es siempre adorada y sacralizada ("la mujer supera al hombre como el agua supera (o apaga) al fuego" -señalan). El libro de Andrée Van Lisebeth “Tantra, el culto a lo femenino”(Van Lysebeth, 1992) ya nos sugiere en su título, cómo Tantra y naturaleza (sexualidad) femenina están muy relacionados.

Y es que la mujer, como es naturalmente menos explosiva, más pausada y menos interesada en “correr los 100 mts. planos hacia el orgasmo”, comprende más rápido de qué se trata la experiencia transorgásmica. De seguro, ella misma, muchas veces al hacer el amor involuntariamente percibió aquella ola de placer que iba y venía..., y aspirando profundamente sintió cómo subía por su espalda y le ocasionaba un gozo que inundaba todo su ser. La vivencia no fue la misma que cuando, en otras ocasiones, consiguió el orgasmo ordinario, donde la energía, en vez de subir, estalló y se "escapó" al exterior.
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Por su parte, los maestros taoístas como Mantak Chia (Cia & Winn, 2000) afirman que la energía en la mujer va naturalmente desde la tierra al cielo, por tratarse de la fuerza de la tierra. En el hombre ocurre lo contrario: va desde el cielo hacia la tierra. Esta es la razón por la cual, según Chia, al hombre le es tan fácil y familiar el descargarse o "explotar" sexualmente. En la mujer, en cambio, la energía tendería a subir hacia la zona del corazón, haciéndola más emocional y sentimental.

Mantak Chia va aún más allá al señalar que estos dos flujos opuestos son flujos lineales, que suelen no encontrarse entre sí. Hombres y mujeres van por caminos distintos: los hombres buscan el placer genital mientras las mujeres buscan a menudo una experiencia más bien romántica del sexo. Para que el encuentro se produzca, deben transformar este flujo lineal en circular. Ambos lo logran haciendo que la energía circule por lo que Chia llama “la órbita microcósmica”, la cual va por el centro del cuerpo y sube por la espalda y la nuca hasta la coronilla, bajando luego por el entrecejo, la garganta, el pecho y el vientre hasta completar el circuito. Digamos que un requisito para conseguir esto es evitar el orgasmo, ya que éste implicaría interrumpir el flujo. Chia recomienda usar la respiración abdominal, la musculatura pélvica y la imaginación, para así “dirigir” la energía y evitar la descarga.

Sin embargo, retomando el punto central que nos interesa, volvemos a insistir en que la mujer es naturalmente más proclive a una experiencia transorgásmica. Si lo pensamos bien, el orgasmo no es una experiencia natural de la mujer; más bien tiene que aprenderla. Hay mujeres que recién a los 30 años comienzan a tener orgasmos, mientras que otras lo descubren a través de la masturbación. Hoy en día, dada la gran publicidad que tiene el orgasmo en occidente, toda mujer desea tenerlo cuanto antes. Muchas feministas han convertido al orgasmo en su bandera de lucha por la igualdad sexual. Señalan que toda mujer tiene el mismo derecho a llegar al orgasmo que el hombre. Es así como la mujer abandona su natural predisposición hacia la experiencia transorgásmica y se embarca en igualar al hombre.
A las feministas, sugerimos que estudien la obra de Alice Bunker Stockham, la quinta mujer médico en los EE.UU., gran feminista y sufragista, la que en plena época victoriana (s. XIX) desafió las prohibiciones y convenciones morales para plantear un método que ella llamó Karezza, basado en los principios de la práctica sexual transorgásmica. Ella era una convencida de que Karezza era la solución para la mujer en cuanto a su vida sexual, pues además de liberarla de la concepción indeseada, potenciaba su experiencia y su vida de pareja. Sus libros fueron censurados y olvidados, pero aún es posible hallar copias de su obra principal “Karezza, Ethics of Marriage”. (Yronwode, 1995).

Muchas mujeres actuales, hijas de la cultura patriarcal, también se han vuelto fetichistas. A menudo están en contra de que un hombre no “acabe” al hacer el amor, aún cuando no estén pensando en quedar embarazadas. Consideran al semen como una especie de trofeo, la prueba tangible del amor de su hombre, y cuando no logran que este último eyacule, estas mujeres se sienten frustradas o incompletas, como si estuviera ocurriendo algo muy malo con ellas o con la relación.

Queremos hacer la invitación a todas las mujeres a adentrarse en la Práctica Transorgásmica, que de seguro traerá grandes cambios en sus relaciones de pareja.

REFERENCIAS:

Chia, M. & Winn, M. (2000) Secretos taoístas del Amor. Cultivando la Energía Sexual Masculina. EDL Eds.

Stockman, A. (2009) Karezza, Ethics of Marriage (paperback). Bibliolife.

Van Lysebeth, A. (1992) Tantra, el culto a lo Femenino.

Yronwode, C. (1995) Alice Bunker Stockham & Karezza. Artículo disponible en http://www.luckymojo.com/tkstockhamkarezza.html

martes, 6 de abril de 2010

¡¡Bienvenidos a la práctica!! Cómo hacer el amor de modo “transorgásmico”.

Hasta el momento, hemos hablado ampliamente de nuestro modelo de Sexualidad Transorgásmica. Hemos hecho un gran esfuerzo por explicar sus ventajas y características, y cómo es una necesidad comenzar a cambiar nuestros paradigmas en materia sexual.

Ahora nos corresponde explicar los pasos de la práctica, para que las parejas puedan, en el momento en que se decidan, comenzar a practicar. Y hemos hablado de “parejas” más que de individuos, ya que los mejores resultados se consiguen cuando ambos miembros están de acuerdo. De lo contrario, pueden existir éxitos parciales e, incluso en algunos casos, frustraciones.

Veamos cómo se practica la Sexualidad Transorgásmica:

Para comenzar, necesitamos de la natural atracción y del deseo mutuo. Todo comenzará como cualquier relación sexual, a través de abrazos, caricias y ardientes besos en las distintas zonas erógenas del cuerpo, a fin de activarnos por completo. Se recomienda, durante todo el tiempo, mantener una respiración profunda, la cual nos preparará mentalmente y paulatinamente nos hará entrar en un pequeño trance, ayudándonos a conectar con nuestro cuerpo y el de nuestra pareja. En lo fisiológico, estos momentos de preparación permiten que los órganos sexuales se lubriquen y estén preparados para la penetración.

A continuación, y en algún momento en que la pareja lo estime, se producirá la penetración. Es de suma importancia que se lleve a cabo con cuidado. Los movimientos, sobre todo en los primeros instantes, deben ser tranquilos. Muy de a poco tenemos que ir moviéndonos, pero suavemente y como llevando un ritmo. Sabemos que, en el caso del hombre, muchas veces los primeros momentos son críticos porque en ellos puede sobrevenir el orgasmo y la eyaculación (esto se conoce como Eyaculación Precoz).

A partir de la penetración, es necesario que la excitación se estabilice en una especie de “Plateau” o “Meseta” (utilizando el lenguaje de Master & Johnsonn). Esto significa que el flujo de libido debe ser más o menos constante: recordemos las advertencias de Ícaro a Dédalo: “no debes subir demasiado, porque el sol derretirá tus alas de cera, pero tampoco volar tan bajo que caigas al mar”. En otras palabras, si permanecemos 100% quietos, la excitación decaerá, pudiendo perderse la erección y la lubricación; pero si nos movemos con demasiada violencia, arrastrados por la pasión, desencadenaremos el orgasmo.

Estando conectados de esa forma, la pareja debe avivar el fuego sexual, el cual comenzará a manifestarse como oleadas de placer que invadirán todo el cuerpo. La energía debe fluir, porque si se concentra sólo en los órganos sexuales, lo más seguro es que llegue un momento en que el cuerpo ya no aguantará más la presión y estallará.

Usemos la metáfora de la “olla a presión”, la cual tiene claras reminiscencias que aluden a un proceso alquímico. La olla, la caldera o el atanor, o como queramos llamarlo, viene a representar nuestros órganos sexuales. Puede ser útil, si en esos instantes de paroxismo sexual, imaginamos una olla hirviendo en nuestras entrañas, la cual naturalmente expedirá vapores. Los vapores representan esas oleadas de placer que nos invaden desde abajo. No obstante, todos sabemos que si una olla o una caldera hierven, es necesario darles tiraje, o una salida al vapor. ¿De lo contrario qué ocurrirá? Efectivamente, la olla o la caldera estallarán, expulsando afuera su líquido hirviendo, el cual de paso apagará el fuego. Todo ingeniero sabe que todo se soluciona si colocamos un tubo de escape o una chimenea por donde pueda salir el vapor. Los alquimistas llamaban a este instrumento: la torre de destilación o el “alambique”, el cual para nosotros éstará representado por nuestra espina dorsal (Los chinos y los tántricos hablan de "meridianos" o canales de energía que recorren el cuerpo de arriba a abajo; el más importante de esto canales va por la columna vertebral. Aunque nos sea difícil aceptar esta posibilidad, la columna será una un buen punto de referencia para nosotros, pues nos ayudará a visualizar la dirección como deben ascender las oleadas de energía (placer) que nos invaden en el momento de la cópula)

Durante la práctica sexual, en los momentos cuando experimentamos esa potente “olla a presión” pélvica, necesitamos hacer que los vapores (energía sexual) suban y circulen. Esto, si bien es cierto ocurre de modo más o menos natural si estamos relajados y hemos activado todas las otras zonas erógenas del cuerpo. No obstante necesitamos bombear también los vapores de modo consciente. Esto lo logramos gracias a la Respiración.

La respiración profunda de ritmo acompasado cobra importancia capital, no sólo para hacer circular y subir la energía por la columnapreviniendo así el estallido de la olla, sino para hacer que con su ritmo, nuestra mente entre en un estado de semi-trance. Al respirar también nos oxigenamos, y recordemos que el fuego necesita del aire para mantener viva su llama.
Ahora bien, las características de nuestra respiración durante el sexo, es que debe ser profunda y llenar, de preferencia, la parte baja del cuerpo (respiración ventral o abdominal). Si esto se nos dificulta durante la práctica, aconsejamos practicarla aparte, a través de ejercicios respiratorios como los que nos entrega el yoga, el chi-kung o las artes marciales.

Para que la respiración sea efectiva en bombear hacia arriba los vapores sexuales durante la práctica, debemos poner el énfasis en la inhalación. A diferencia de la práctica común, donde instintivamente el énfasis está puesto en la exhalación (los típicos jadeos), acá se trata de conducir la energía desde abajo hacia arriba, y desde el exterior al interior. Esto lo logramos con la inhalación. Podemos imaginar también una corriente luminosa ascendiendo desde nuestras entrañas a nuestra cabeza por nuestra columna vertebral. Los maestros tántricos hablan de 2 conductos energéticos: Ida y Pingala, que se entrelazan cual serpientes a ambos lados del canal central Sushuma, en la espina dorsal (ver imagen).

La inhalación profunda no debe hacerse de forma mecánica, debe ser hecha con emoción, tal como si estuviésemos inspirando el aroma de una flor o de un exquisito licor. Algunas personas imaginan (y con la práctica llegan a sentir), que mientras el aire entra por los pulmones, la energía sube hasta el corazón o la cabeza, y luego cuando espiran, ésta se expande como un aura de luz.

Respecto a la exhalación, esta no es simplemente “soltar” el aire. Hay que también hacerla de modo consciente, como empujando el aire con el diafragma. Repetimos que esta habilidad puede practicarse aparte, a través del yoga, de la meditación o la relajación profunda.

Además de la respiración, existe otra clave para controlar y hacer circular la energía en el trance sexual. Estamos hablando del control de la musculatura. Pero alguien podría ser un asiduo deportista o fisicoculturista, mas eso no implicaría mayor dominio de la sexualidad. La realidad es que nos referimos a músculos que pocas veces ejercitamos de modo consciente: aquéllos de la zona del perineo.

Cuando estemos en pleno acto sexual, soltar y apretar esta musculatura, de modo consciente, nos dará mucho dominio y control frente al orgasmo. El músculo pubocoxígeo es el que rodea el punto que los chinos llaman “Hui –Yin” entre los testículos y el ano (en la mujer tiene una ubicación equivalente).Tal como si se tratara de las riendas de un caballo, mantener el control sobre este músculo nos permitirá ir controlando cualquier impulso que pueda precipitarnos hacia un orgasmo involuntario.

Si alguien está pensando en que tenemos que estar con el músculo contraído todo el tiempo, les recordamos el ejemplo del caballo: uno no tiene todo el tiempo las riendas tirantes, ya que eso nos cansaría a nosotros y al caballo; uno mantiene las riendas sueltas y sólo las tira para indicar la dirección al caballo, o cuando es necesario hacer que frene o se desvíe. Ejercitar el músculo pubocoxígeo es relativamente fácil: basta contraer como si estuviéramos aguantando la orina. Si sostenemos, estando parados y con los pies juntos, un cubo o libro grueso entre las piernas, balanceemos la pelvis de atrás hacia delante, y veremos cómo el músculo se activa. Mantak Chia (1993) aconseja también a las mujeres introducir un pequeño huevo en su vagina, estando de pie, y jugar a apretarlo y soltarlo.

Entonces, recapitulando la práctica: estamos en plena etapa de “Meseta”, y ya han transcurrido minutos, quizás media hora o más. Conforme el cuerpo se va habituando, la cópula puede durar cada vez más. El umbral de eyaculación (u orgasmo, para incluir también a la mujer) se va elevando paulatinamente. Esto quiere decir, que conforme avanza la práctica, la pareja puede aumentar el “fuego” de la “olla”, sin que esto signifique que vaya a estallar. Recordemos nuestra experiencia de hervir leche: cuando ésta entra en ebullición, fácilmente se sube y se rebalsa. Pero si revolvemos, es decir, hacemos circular su contenido, podemos mantener la temperatura y la ebullición, pero sin que derrame. Algo así ocurre con la Práctica Transorgásmica, y es la razón por la que insistimos que aún en ausencia de orgasmo, la pareja puede tener una experiencia intensa y transformadora.

Suponiendo que el orgasmo se aproxima, rápidamente hay que detener el movimiento (ambos en la pareja deben parar) y retener el aire. Por supuesto esto tiene que hacerse antes de sobrepasar el “punto de no retorno” después del cual el orgasmo será inevitable. Retener el aire es como una especie de aspiración rápida donde el aire queda retenido en los pulmones, para luego expulsarlo suave y controladamente (no “soltar” sino empujarlo). Cuando pasa el momento de peligro, los movimientos pueden reanudarse. Mantak Chia (1993) se refiere a algo que él llama “La Gran Aspiración”, y la recomienda sobre todo para las mujeres, que cuando sienten que el orgasmo se aproxima y la energía está próxima a escapar, deben aspirar profundamente como llevando la energía hacia adentro y hacia arriba, contrayendo y relajando la musculatura vaginal, como si estuvieran bombeando. Los hombres también pueden hacer esta “Gran Aspiración”, reteniendo el aire y apretando su musculatura de las piernas y del perineo, tal como hemos indicado.

De más no está decir que mientras más rítmicos, largos y profundos los movimientos, permiten un mayor control. También se pueden hacer movimientos cortos, pero son como apretar el acelerador. Si vemos que el fuego decae, podemos avivarlo a través de estos movimientos cortos, pero si nos acercan demasiado al orgasmo debemos bajar la velocidad. Los movimientos no deben controlarse en un 100%, pues eso quita espontaneidad a la práctica. Se trata más bien de dejar que el movimiento fluya, pero no de un modo descontrolado. En el sexo, los movimientos más armónicos son circulares, como si fuera una serpiente. Esto es así porque la energía circula como ondas, y nosotros debemos acompañar esas ondas, como si danzáramos. Danzar es un buen ejemplo de un movimiento que es fluido, rítmico, pero al mismo tiempo armonioso; no descontrolado ni caótico.

También podemos agregar que los movimientos, en este caso de la pelvis, pueden combinarse con la respiración. En una relación típica cuando la pelvis va adelante, instintivamente tendemos a exhalar. Acá podemos invertir dicha relación: si la pelvis va adelante, inhalamos; si va hacia atrás empujamos el aire fuera. Esto nos ayudará, sobre todo al hombre, a prevenir la eyaculación. Si queremos aumentar el fuego, podemos volver a la relación pelvis-adelante/exhalación y pelvis-atrás/inhalación.

Finalmente, hay que indicar que algunas prácticas, aquellas a las que se les puede dar alguna intención más mística, pueden incluir algún tipo de mantram. El místico contemporáneo Samael Aun Weor (1991), señala mantrams bastante sencillos como el IIIIIIII-AAAAAA-OOOOOO, que pueden ser vocalizados o repetidos mentalmente durante la práctica.

Al no existir orgasmo, la unión transorgásmica “acaba” cuando uno de los dos miembros, o ambos de común acuerdo, deciden terminarla. Aunque no exista cansancio por descarga de energía, la musculatura y el cuerpo también se agota. También podemos sentirnos “llenos” y satisfechos, por lo que prefiramos separarnos. Para eso, suavemente nos desconectamos sexualmente de nuestra pareja y nos tendemos a su lado, puede ser de espaldas o de lado abrazándola a ella. Presionar la pelvis contra ella nos permite apretar nuevamente la musculatura pubocoxígea, lo cual nos ayuda a “cerrar bien las puertas”. Al mismo tiempo, se aconseja que cada miembro continúe respirando como lo venía haciendo, profundo y relajado. Notarán que sus cuerpos están calientes y vibrantes; por lo mismo, no será bueno si se enfrían (nosotros recomendamos cubrirse siempre con alguna manta o sábana, y no ducharse hasta dentro de media hora como mínimo).

Después de la separación, lo que buscamos es evitar que haya un corte violento, para así ir poco a poco retornando al ritmo normal. Esto significa que muy de a poco el hombre irá perdiendo la erección, aunque, a diferencia de la fase típica de Resolución (post-orgasmo), podrá la erección ser recuperada en cualquier momento. Por otra parte, un estado de éxtasis y relajación profunda se experimenta en esta fase, muy distinta del cansancio post-orgásmico. Afectivamente, la pareja sigue conectada, y la atracción continúa, porque ambos amantes muchas veces querrán seguir besándose o abrazándose.

Podrían llegar a presentarse molestias después de la práctica, las cuales pueden ser bastante normales cuando alguien recién se inicia. Estas molestias generalmente afectan al varón, y son similares a las que algunos hombres experimentan cuando han tenido excitación y no han eyaculado. Pueden ser vivenciadas como cierto dolor en la zona del vientre o en los conductos espermáticos (subiendo por la ingle). Podría haber dolor de cabeza o cansancio. En todos estos casos, las dificultades aparecen porque la energía no se hizo circular adecuadamente (por medio de la respiración y el movimiento) y el cuerpo se enfrió, estando la energía acumulada abajo. Recordemos que si nosotros tenemos un sistema de tuberías por donde circula el vapor, si ese sistema se enfría repentinamente con el vapor dentro, el vapor se condensa y puede que hasta se cristalice en partículas sólidas. Quienes hemos visto como la maguera de nuestro jardín a menudo se rompe en invierno, debido a que el agua que queda dentro se congela, entenderemos mejor por qué es importante que al acabar la práctica continuemos respirando y moviendo la musculatura perineal para hacer que toda la energía (los vapores) suban.

Por último, queremos subrayar que la Sexulidad Transorgásmica, más que una técnica o un procedimiento, es un Arte. Y con esto hacemos hincapié en que sólo la práctica hace al maestro. Al principio uno siente que pierde algo de la espontaneidad natural del sexo. Todo este énfasis en el control puede hacernos perder de vista que, en la medida en que adquiramos la habilidad, el control llegará a ser tan imperceptible como manejar un auto o tocar un instrumento.

Esto mismo debe prevenirnos contra el desánimo, ya que si notamos que las cosas no fluyen, o que hay molestias físicas, será igual que cuando uno se enfrenta al desafío de aprender cualquier destreza. ¿Acaso cuando quisimos aprender violín o guitarra no nos dolieron los dedos al principio? ¿Acaso el primer día en el gimnasio no nos sentimos un desastre? En todas estas actividades al principio estábamos torpes; teníamos la tentación de echar todo por la ventana. Sin embargo son los frutos los que dan sentido a todo el esfuerzo. El único gran consejo es ser pacientes e ir de a poco. Nos han hablado de personas que pueden estar horas en este éxtasis transorgásmico. Sin embargo, puede que nosotros sólo alcancemos unos breves minutos antes de caer en el orgasmo. Esto no debe desanimarnos; antes que eso lo correcto será analizar lo ocurrido y corregir sus posibles causas. Si vamos lentamente, si al principio nos quedamos quietos y observamos nuestras sensaciones, vamos dando tiempo a que nuestro cuerpo y nuestra mente comiencen a desarrollar lo que nosotros llamamos una “conciencia transorgásmica”, que es incluso más amplia que la esfera sexual.

REFERENCIAS:

Aun Weor, S. (1991) El Matrimonio Perfecto. Bogotá: Intergráficas Ltda.

Chia, M. (1993) Cultivando la Energía Sexual Femenina. Villaviciosa de Odón: Mirach

Chia, M. (2001) Secretos Taoístas del Amor: Cultivando la Energía Sexual Masculina. Madrid: Difusor del Libro.

lunes, 5 de abril de 2010

Por qué nos beneficiamos del sexo sin orgasmo

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En qué consiste, hablando de modo sencillo, la Sexualidad Transorgásmica, y por qué, siendo que el orgasmo es una experiencia tan legítima y natural, hemos hablado tanto a favor de evitarlo? ¿Acaso no nos estamos yendo hacia una especie de puritanismo o conservadurismo extremo que intenta reprimir los aspectos más intrínsecos de nuestra vida sexual?

Intentemos, pues, contestar de modo simple: una pareja que practica Sexo Transorgásmico es aquella que es capaz de hacer el amor, retirándose sin haber llegado al orgasmo. Y decimos “orgasmo” para referirnos a aquella serie de contracciones involuntarias a nivel de los músculos y órganos de la zona pélvica, que en el caso del hombre llevan a la eyaculación.

Muchos se preguntarán “¿pero es eso posible? ¿con qué objetivo?”. Efectivamente, una pareja puede practicar el sexo transorgásmico de modo habitual, y esto le trae grandes beneficios, puesto que desde la perpectiva transorgásmica, el orgasmo representa una descarga de la energía, una especie de corte que “acaba” con el rico intercambio energético que mantiene una pareja mientras está unida.

A nivel del cuerpo, si bien uno experimenta un gran placer debido al alivio de la tensión, también ocurre que uno queda cansado, exhausto. Porque posterior al orgasmo, viene la etapa llamada “Resolución”, donde toda la atracción, el magnetismo, el deseo y el entusiasmo previo a la descarga, invariablemente se esfuma como si hubiera huido. En esos momentos somos como un volcán apagado: nos preguntamos dónde quedó ese fuego que hace sólo breves momentos con tanto ímpetu ardía en nuestras entrañas.

Algo así es la situación en la que quedamos muchos después de “acabar”. A veces el cansancio nos vence y nos echamos a dormir. Otras, puede que nos paremos y nos vistamos para irnos, con expresión de “deber cumplido”. También habrá veces en que nos sentiremos ansiosos y hasta arrepentidos, lo que nos llevará a discutir, a salir corriendo o a prender un cigarrillo. Y por supuesto muchas veces nos diremos a nosotros mismos que todo está bien, e intentaremos permanecer abrazados el uno al otro como dos náufragos después de la tormenta.

Porque después del orgasmo hay que echar mano al amor, para que éste nos ayude a conservar el vínculo. Si fuésemos animales, después de copular, cada uno seguiría su camino. Así, el amor, y los afectos en general, nos ayudarán a seguir juntos. Y esto no está mal; es justamente lo que la mayoría de las parejas estables hacen. El amor, el compañerismo y los vínculos afectivos en general, ayudan a que la pareja conserve el deseo de permanecer juntos. Es lo que muchos llaman “el amor después del amor”.

Pero esta capacidad de seguir juntos aun después del “alivio de la tensión”, no significa que todo esté perfecto. Porque durante y después del orgasmo ocurren cambios significativos a nivel de la química de nuestro cerebro.

Estos cambios, que hoy están siendo estudiados asiduamente por la neurociencia, nos ponen de manifiesto que existen pautas invisibles que gobiernan nuestro comportamiento sexual. Según las mismas, los mamíferos no somos naturalmente monógamos, por lo cual después del apareamiento (digamos que el orgasmo es la manera en que nuestro cerebro registra el apareamiento, independiente de si usamos métodos anticonceptivos o no) lo natural es que los individuos se tiendan a desincentivar progresivamente de unirse el uno al otro. La naturaleza, con el fin de aumentar la variabilidad genética de los descendientes, nos ha programado para buscar nuevos compañeros sexuales. Es lo que se conoce como “Efecto Coolidge”, que ha sido observado en una gran cantidad de mamíferos; de seguro es la causa principal del alto índice de divorcios e infidelidad. (Robinson, 2009).

Hablamos también de descarga energética para señalar que el orgasmo es auto-evidenciable también como una gran corriente energética que se precipita de modo centrífugo y se experimenta como cierto tipo de “vaciamiento”. La sensación de energía, previa al orgasmo, podría ser descrita poéticamente como estar galopando en el viento o sobre las olas agitadas. La excitación sexual podría ser como similar a un “fuego” ardiente que nos hace hervir y vibrar por dentro. Este fuego, que no es otra cosa que la energía sexual, nos hace sentir llenos, vitales, gozosos, como siendo partícipes de una fuerza superior a nosotros que nos envuelve y compenetra.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que este estado paroxístico tiene el poder de transfigurar la realidad. Mientras el placer nos embriaga, nuestros sentidos se agudizan; la gran secreción de endorfinas que invade nuestro cuerpo nos hace sentir felices, gozosos. Todo nos parece como una especie de vértigo y los límites de la conciencia racional fácilmente se desdibujan para dejar paso a un estado de intenso frenesí. Algunos lo viven y lo significan como un momento extático, el cual tiene mucho en común con el trance místico y aquél producido por algunas sustancias.

Este estado exaltado de la conciencia se produce gracias a que nuestro cerebro está liberando grandes dosis de neurotransmisores como la dopamina, la cual, tal como si fuera una droga, actúa haciéndonos sentir excitados y encumbrados.

Lamentablemente, el orgasmo representa el límite natural y fisiológico para toda esta poderosa experiencia. Durante breves segundos experimentamos la explosión y la descarga de la tensión acumulada y concentrada en nuestra zona pélvica. Conforme la energía se disipa, el estado exaltado y frenético invariablemente desaparece. Lo que queda son dos seres humanos exhaustos que, como combatientes después de la batalla, observan a su alrededor el campo devastado. El fragor de la lucha ha desaparecido y el cansancio y la fatiga no tardarán en hacerse presentes. El célebre dicho clásico, atribuido a veces a Ovidio, y otras a Aristóteles, nos lo señala con claridad: Post coitum omne animal triste (después del coito, todos los animales quedan tristes")

Durante el orgasmo tenemos una fuerte descarga de dopamina, la cual, a continuación, sufre una notable disminución por debajo del nivel basal (ver imagen, fuente: Robinson, 2009). Experimentos en mamíferos señalan que esta baja puede extenderse, incluso, por un período de hasta dos semanas Por esta razón es que la realidad, después del orgasmo, nos parece más “la dura realidad”, percepción que llega incluso a afectar la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestra propia pareja (Robinson, 2009).

Con el tiempo, una pareja que alguna vez estuvo locamente enamorada, pronto devendrá en una pareja que se quiere y que se tiene un lindo afecto, para finalmente desembocar en una pareja que apenas se tolera. El deseo y el interés mutuo por mantener relaciones sexuales irán disminuyendo con el tiempo (según el Efecto Coolidge) hasta que la relación se transformará, en el mejor de los casos, en un buen compañerismo. En el peor, tendremos a la tradicional esposa “bruja” y al esposo “ogro” que ha cambiado la cama por el televisor.

Es esencial recalcar que con esta descripción intentamos retratar sólo una tendencia, reflejada bastante en las impresionantes cifras de divorcios y separaciones en nuestras sociedades “libres”. Debemos decir, siendo fieles a la verdad, que no todas las parejas fracasan, puesto que hay muchas que encuentran fórmulas que les permiten manejar sustentablemente los inconvenientes del orgasmo. Por ejemplo, John Gray (1992), en su best seller Los Hombres son de Marte y Las Mujeres son de Venus, nos señala cómo una mujer debe comprender al hombre que, después de la “intimidad”, necesitará replegarse rápidamente a “su cueva” solitaria. Esa “cueva” puede ser el trabajo, los amigos, o quizás una adicción cualquiera. Otras parejas logran estar juntas gracias a lo que ellas llaman “valores” o “principios” (mucho de esto puede estar dado por la religión o la familia). También si ambos miembros tienen mucho en común, como actividades, intereses, gustos, búsqueda espiritual, etc., o si han logrado construir significados y valores propios gracias a vículos de afecto y cariño, resultará mucho más probable que permanezcan juntas durante años. En muchos de estos casos tendremos que lo sexual pasará a ser un asunto secundario.

Que el orgasmo produzca satisfacción y felicidad, es con seguridad el mito más grande de nuestra sexualidad. Para quienes se vean interesados en conocer a fondo un extenso trabajo sobre los inconvenientes del orgasmo, los animamos a leer “Peace Between the Sheets. Healing with Sexual Relationships” y “Cupid’s Poisoned Arrow”, los dos libros de Marnia Robinson, escritora Norteamericana quien recopila una serie de evidencias científicas muy actuales, experiencias personales, y enseñanzas basadas en la sabiduría de tradiciones como el Tantra o el Tao, donde queda claro que el orgasmo es una práctica y una experiencia que conlleva un “doble filo”. La autora al mismo tiempo nos muestra la alternativa, exponiéndonos un método y una práctica sencilla, el cual beneficiará enormemente a las parejas e individuos que deseen llevarlos a cabo. Lamentablemente para los lectores hispanoparlantes, esa literatura sólo se halla disponible en inglés; quienes quieran, asimismo pueden visitar el sitio web (también en inglés): http://www.reuniting.info/. con muchísima información útil y fidedigna.

Decíamos que el orgasmo es el mito más grande de nuestra sexualidad. Sin embargo, no podemos ser condenatorios y decir que esto es intrínsecamente malo. La verdad es que el orgasmo, después de todo, es simplemente lo que tenemos. Como dicen los jóvenes: “es lo que hay”. E indudablemente es mejor que otras soluciones, como la abstinencia y el celibato. Estos últimos han sido fallidos intentos por evitar las consecuencias desagradables del orgasmo, donde diversas personas han decidido “cortar por lo sano”, alejándose de todo contacto sexual. Sacerdotes, monjes, yogis, maestros espirituales, y hasta intelectuales y deportistas, han optado muchas veces por evitar la tentación y se han privado voluntariamente de cualquier estímulo relativo al sexo. Lamentablemente a largo plazo, experimentarán con fuerza los síntomas de haber reprimido una función tan natural. Las neurosis producidas por esta clase de represión están ampliamente documentadas.

El sexo con orgasmo es, a menudo, una válvula de escape frente a una sociedad que constantemente nos reprime y neurotiza, sin embargo, eso está lejos de ser necesariamente sinónimo de satisfacción y felicidad verdaderas. La frustración muchas veces terminará manifestándose de una manera encubierta. Muchas riñas, frialdad, hipersensibilidad emocional, etc. pueden estar siendo desencadenadas por la dinámica invisible de nuestra química cerebral (Robinson, 2009).

Hoy más que nunca necesitamos encontrar un medio mejor; una fórmula nueva que nos permita a las parejas evitar las consecuencias desagradables del acto sexual, pero sin renunciar éste. Y tampoco –que quede 100% claro- estamos hablando de renunciar al placer. Queremos entusiasmar y animar a las parejas, para que aprendan una nueva manera de hacer el amor, sin que por eso tengan que renunciar al paroxismo y ese estado de conciencia exaltada que describíamos antes.

La sexualidad transorgásmica es eso. No significa simplemente “evitar el orgasmo”, ya que si así fuera, las personas frígidas e impotentes estarían más capacitadas. La condición de evitar el orgasmo es necesaria pero no suficiente para acceder al éxtasis transorgásmico. También se requiere que ambos miembros de la pareja puedan permanecer unidos sexualmente durante un tiempo más o menos largo antes de decidir desconectarse (del acto sexual). Durante ese lapso, ambos deben estimularse mutuamente en todas sus zonas erógenas a fin de hacer circular la energía a través del cuerpo; así la experiencia no será sólo genital, sino que abarcará la totalidad del organismo. Besos, caricias, movimientos lentos y profundos, junto con una respiración acompasada y honda, son factores que contribuyen a hacer del acto sexual un verdadero intercambio de sentimientos y energías sutiles. Los taoístas como Mantak Chia se refieren a esta intensa experiencia como el "Orgasmo Valle"; nosotros lo llamaremos "Éxtasis Transorgásmico".

Algunas personas pueden ver en esta práctica algún tipo de experiencia mística al estilo del “Sexo Sagrado”. Esto está en perfecta concordancia con la naturaleza de la experiencia transorgásmica y, por ende, quien quiera vivirlo así, siéntase por completo libre para hacerlo. Tanto en el Tantra como en el Taoísmo, así como en otras tradiciones de índole espiritual, existe mucha literatura y prácticas específicas que el interesado puede investigar. Pero en general, queremos decir que todo resulta lícito mientras se sepa respetar la principal restricción: no debe llegarse al punto donde se produce la descarga de la energía (orgasmo). El control de la respiración y del movimiento, ayudarán a evitar que esto se produzca. Indudablemente que la práctica no deberá prestarse para excesos, como orgías o sesiones sadomasoquistas, ni para la pedofilia, o el abuso sexual de ningún tipo.

En general, podemos decir que en la Sexulaidad Transorgámica existen dos tipos de beneficio bien demarcados:

1) Beneficio individual, el cual tiene que ver con lo bien que uno se siente al no descargar la energía a través del orgasmo. Durante la práctica el cuerpo se energiza y se relaja a la vez. Cuando se hace bien, alcanzamos un muy alto nivel de placer y satisfacción. Este beneficio lo podría conseguir alguien que practica solo, incluso con parejas ocasionales. Las personas tienden a gozar de mayor, salud, vitalidad, inspiración, creatividad, equilibrio emocional y paz espiritual, entre otros.

2) Beneficio relacional, el cual tiene que ver con la conexión y el intercambio emocional y energético con nuestra propia pareja. La ausencia de orgasmo evita que se active el mecanismo neuroquímico de la separación, ya explicado en otros artículos. Para lograr este beneficio, se requiere siempre una pareja estable y es el más completo, puesto que engloba al primero. Además, según nuestra opinión, éste es el beneficio por el cual la práctica cobra mayor sentido, ya que podemos empezar a verla como un "Camino de Pareja". En él, cada miembro va descubriendo la transformación que la práctica empieza a producir sobre ellos. Es en el amor de pareja donde podemos alcanzar mayores niveles de felicidad y realización.

Respecto a la posibilidad de existir embarazo, señalamos que la ausencia de eyaculación hará de esa probabilidad algo más o menos remoto. Sin embargo, una pareja sí puede llegar a concebir un hijo. Si creemos en la Ley del Deseo y la Atracción, esta puede ser la oportunidad de ponerla en práctica para “atraer” un hijo. Quienes no tengan esta creencia o no deseen esperar, pueden plantearse la posibilidad de elegir cuándo es el mejor momento para que la mujer quede en cinta. Teniendo sexo con eyaculación en el período fértil de la mujer, es posible lograr concebir un hijo, en ocasiones incluso al primer intento; después la pareja podrá volver, si lo desea, a la práctica transorgásmica.

Para concluir, señalamos enfáticamente, que cada pareja es libre de experimentar y sacar sus propias conclusiones. Mucha gente hace de la Sexualidad Transorgásmica un camino de vida mientras otra se contenta con la práctica ocasional. Estamos totalmente en contra de hacer prescripciones doctrinarias que puedan minar dicho libre albedrío. Y respondiendo a la pregunta del comienzo: ni el relajo sexual, ni el puritanismo, son opciones que nos interesen. No obstante ambas tienen algo positivo que enseñarnos: del liberalismo sexual rescatamos el valor que dan al placer y al gozo sexual como legítimo derecho, mientras del puritanismo valoramos su interés en hacer del sexo y de las relaciones de pareja una dimensión al servicio de lo espiritual y trascendente. La Sexualidad Transorgásmica se desarrolla en un terreno muy distante de esas polaridades. Como Ulises, nos interesa un camino sabio e intermedio: disfrutar del canto de las Sirenas, mas sin caer en su trampa mortal.

REFERENCIAS:

Gray, J. (1992) Los Hombres son de Marte y las Mujeres son de Venus. Harper Collins Eds.

Robinson, M. (2003) Peace Between the Sheets. Healing with Sexual Relationships. Berkeley: Frog Ltd.
Robinson, M. (2009) Cupid's Poisoned Arrow. North Atlantic Eds.

sábado, 3 de abril de 2010

El Drama Sexual del Patriarcado. La conección matríztica.

Nuestra forma de abordar el sexo, como humanidad, está llena de ambivalencia. Esto quiere decir que la mayoría de las veces hay un doble discurso, un “doble filo”. Por un lado están la fascinación, la atracción y el deseo; por otra parte aparece la represión, el miedo y hasta el odio al sexo, y los intentos por ponerlo bajo control. A lo largo de nuestra historia, mientras más represión existió, mientras más moralismo, leyes y tabú hubo respecto al sexo, más proliferaron la prostitución y los excesos. A épocas de relajo sexual invariablemente sucedieron épocas de puritanismo. Y hasta el día de hoy, aunque ha desaparecido la censura explícita impuesta por la autoridad, el sexo es un asunto incómodo, que por su complejidad a menudo nos somete a más de algún conflicto moral o emocional.
¿Se ha preguntado alguien por qué las religiones se han preocupado tanto por normar la vida sexual de las personas? ¿y por qué existe el machismo, la “guerra” de géneros, la denigración del sexo y la mujer, etc.? ¿Y por qué existe el énfasis, en muchas culturas tradicionalistas, en ver al sexo y a la mujer aún como "peligrosos" o "inadecuados"?

Hasta el día de hoy, y aunque nadie lo diga expresamente, sentimos que el sexo es un terreno espinoso. Con toda la buena intención nos declaramos liberados de tantas creencias del pasado, pero su sombra inconsciente nos persigue. Basta ver los chistes, los rayados en los baños públicos y la fuerte demanda de pornografía en Internet, como para ver que no todo está resuelto. Y a menudo en el plano personal la ambivalencia del sexo se presenta con las características de una adicción: logro disfrutarlo, pero con frecuencia experimento también cierta frustración conmigo mismo o mi pareja, como si la promesa que nos hace el sexo antes de hacer el amor, no estuviera siendo 100% cumplida.

El origen de esta ambivalencia puede ser rastreado hasta los comienzos de nuestra historia como sociedad patriarcal. Y es que el patriarcado, ese sistema social que se impuso aproximadamente a partir del 4to. milenio A. de C. implicó una violenta ruptura que afectó la relación del hombre con la naturaleza, incluido la propia experiencia de la sexualidad. Antes del patriarcado lo que habría existido son sociedades matrízticas que, según la socióloga e historiadora cultural Riane Eisler (2000), se caracterizaron por ser pacíficas, solidarias e igualitarias. Mantenían un contacto directo y espiritual con la naturaleza, siendo su deidad principal una especie de Diosa o Gran Madre. Consideraban que el sexo, así como todo lo que tenía que ver con el cuerpo, era sagrado, ya que provenía de la Diosa. En el arte de esos pueblos suelen figurar los motivos alegres, coloridos, representando la relación armónica entre el hombre y la naturaleza. El placer era también valorado como una celebración de la vida.
El patriarcado, en cambio, era y sigue siendo muy distinto a lo matríztico. En primer lugar se trata de sociedades jerárquicas que valoran la competencia y la guerra. Y si la guerra es su actividad principal, las personas importantes serán los individuos aptos para ella; por su fuerza física, los hombres llevan siempre la ventaja. Las mujeres, por ende, en el mundo patriarcal ocupan un lugar secundario, siendo necesario establecer un control estricto sobre ellas.

Si bien es cierto, las mujeres –decíamos- están relegadas a un segundo plano, la sociedad patriarcal no puede prescindir de ellas. Pensemos que las dos actividades principales de un patriarcado son la guerra y la esclavitud (la segunda, consecuencia de la primera) y por lo tanto se requiere un gran número de individuos. Las mujeres y la sexualidad serán así enfocadas a la función reproductiva. El patriarca tendrá muchas esposas y esclavas que le darán muchos hijos, ojala varones; las prisioneras y las mujeres de las castas más bajas proveerán también del número adecuado de esclavos o trabajadores.Por otra parte las relaciones sexuales aparecerán con la siguiente ambivalencia: cuando un hombre, fuerte, orgulloso, guerrero, tenga relaciones sexuales con una mujer, quedará de manifiesto que él es inferior a ella. Él podrá tener una sola eyaculación y caerá rendido cada vez, mientras ella tendrá siempre una disposición a querer más. Esto angustiará mucho al hombre, quien empezará a ver esta superioridad de la mujer como una amenaza. Sentirá cómo, después de eyacular, su fuerza y su voluntad ya no son las mismas, y así constantemente percibirá en la mujer a una rival, que en la lucha cuerpo a cuerpo siempre lo derrota. Para comprender esto pensemos también que la virilidad de un hombre, me refiero su propia autopercepción de fortaleza y virilidad, tiene que ver con el falo (esto ya fue estudiado ampliamente por el psicoanálisis). Cada eyaculación implicará que el falo queda fláccido, y será percibida orgánicamente como cansancio y debilidad (debemos aceptar que el orgasmo causa una serie de cambios neurológicos (que ya hemos señalado en otros artículos, que afectan la experiencia y cambian la autopercepción y percepción del mundo; hoy existe bastante investigación científica al respecto (Robinson, 2009)).

La venganza de este hombre que se siente derrotado por la mujer en lo sexual será simple: hay que reprimir el sexo y a la mujer. Dirá: “mi satisfacción es la que importa; la de ella no”. La mujer por sí misma se transforma en una piedra de tropiezo y, al mismo tiempo, una especie de objeto. La rabia inconsciente del patriarcado hacia la mujer y su sexualidad se expresa de formas diversas: a la mujer hay que denigrarla, taparla, mutilarla (como en muchos lugares de África), violentarla (como en la violación), esconderla detrás de velos y vestidos largos, usarla como moneda y botín, etc. Porque los psicólogos sabemos que ante el miedo y la angustia se presenta la reacción de querer controlar, poseer. El matrimonio, que en la sociedad tradicional ata a la mujer al dominio de un hombre, busca relegarla a la función de procreadora y criadora de los hijos. La mujer adúltera será castigada con la muerte, y la mujer que ose desafiar las leyes fácilmente se la puede tachar de bruja, escandalosa y hasta ninfómana.

El drama inconsciente de este hombre del patriarcado es sentir que el sexo es su punto débil. Para compensarlo, practicará el distanciamiento emocional. Hacer el amor de modo rápido, superficial, violento, y sin intimidad, será la característica de la sexualidad del hombre patriarcal. Muchas veces el placer será un placer sádico, porque el hombre puede demostrar su superioridad por medio de la fuerza, haciendo sufrir a la mujer. Un ejemplo es la fantasía de muchos hombres de que su pene es una especie de arma o manguera que dispara. Suponen que el volumen del semen es una señal de su potencia, o que lo es la violencia y rapidez con que “acaban”. En el contexto del patriarcado, debemos suponer que la mujer ponía a su vez sus artes en juego: seducción, celos y manipulación a través de los hijos. Era el comienzo de la guerra de los sexos.

En diversas culturas del patriarcado, un padre que, sintiéndose amenazado por sus hijos, luego los abandonaba o los devoraba, aparece como un tema mitológico recurrente (Cronos, Edipo, Urano, Zeus, etc.). En muchas especies el macho muere después de fecundar a la hembra, y así los hombres guardan un miedo ancestral, arquetípico, que se desencadena inconscientemente cada vez que eyaculan. Porque eyacular es morir (perder el falo erecto, símbolo del poder). Y si uno nace mientras el otro muere, el que muere siente que el que nace lo ha matado. El sexo con eyaculación causa angustia en el hombre patriarcal, puesto que le desencadena el miedo a morir y ser devorado. El falo yace fláccido después del orgasmo, y para evitar el sentimiento de pérdida es necesario hacer que el sexo sea sólo un trámite, una simple y rápida descarga. Así, el hombre termina rechazando emocionalmente el sexo, a la mujer y a los hijos; el acto sexual se convierte en un acto banal, rutinario, desprovisto de misterio y sensibilidad. El hombre encapsula su sexualidad en un solo lugar, la punta del pene, y en un solo momento, la eyaculación. Y como él tiene el poder físico, social, familiar, termina imponiendo su manera de vivir lo sexual: precaria, básica, animal. Hoy en día muchas mujeres corren detrás del orgasmo tratando de emular al hombre. Ellas, cuya capacidad sexual innata es inmensamente superior a la del hombre, se hallan marcadas por tantos milenios de sexualidad masculina y guerra de géneros.

Podemos ver que hombre del patriarcado es tremendamente acomplejado en el ámbito sexual, pero su problema se fundamenta en la ignorancia, a partir de una actitud errada desde el comienzo. Esta actitud es que él estableció un orden valórico basado en el poder y en la dominación. Dominación de otros hombres, de la naturaleza y de sus propios cuerpos; dominación sin comprensión, ya que no se interesaron por comprender la naturaleza, ni la sexualidad, ni las emociones, sino sólo dominarlas. Desde una perspectiva psicopatológica, podríamos decir de este hombre, que se aprecia adoptando una posición esquizo-paranoide. Se siente amenazado (por la naturaleza, por el sexo, por otros hombres) por lo que necesita hallar un punto seguro: dominar antes que ser dominado.

Las sociedades matrízticas, por el contrario, establecieron una relación armónica con la naturaleza y con el cuerpo. Son sociedades que el connotado biólogo Humberto Maturana señala en la línea de lo que él llama la biología del amor. No fueron sociedades dominadas por mujeres, porque en ese caso habrían sido matriarcales en lugar de matrízticas. Lo interesante es que esta relación de armonía con todas las cosas los llevó a desarrollar un conocimiento profundo de la naturaleza, ligado a la espiritualidad y el misticismo. Aún hoy existen vertientes de lo matríztico, que aún se conservan, que nos hablan del conocimiento que estas culturas poseían sobre el ser humano. Dos grandes ejemplos de estas vertientes son el Tantra de la India, y el Taoísmo chino.

En el caso del Tantra, estudiosos como Andreé Van Lysebeth (1990), sitúan su origen en la India pre-védica, esto es, anterior a las invasiones arias. Recordemos que los bárbaros arios invadieron la India hacia aproximadamente el II milenio A. de C., conquistando a la Civilización del Valle del Indo, una cultura de la línea matríztica. Los arios, que eran jerárquicos, politeístas y tribales, impusieron el rígido sistema de castas, que hasta la actualidad impera en la India. Ahora bien, este pueblo también absorbió parte de los conocimientos y espiritualidad de sus predecesores. El yoga hindú, por ejemplo, habría tenido también un origen pre-védico y por ende tántrico, el que sólo al sincretizarse con el mundo patriarcal adquiere un acento ascético y se termina por institucionalizar a través de sistemas. Es decir, la filosofía de la dominación y la jerarquía (propias del patriarcado y los valores guerreros")pasa a ser el fundamento del énfasis que muchas escuelas de yoga hacen, en dominar el cuerpo y las pasiones, más que de integrarlas. El Tantra o “yoga tántrico”, por el contrario, refleja de modo mucho más fiel la aproximación matríztica: integradora y aceptadora de la naturaleza, de las emociones y de la sexualidad. A pesar del sincretismo que manifiesta con las deidades del hinduismo (como Shiva y Shakti), en el culto tántrico estas últimas representan más bien principios, energías.

La sexualidad es una parte central en el culto tántrico, pero los maestros y escuelas nos revelan que el secreto no es dominar ni controlar (externamente) la sexualidad, sino iniciarnos en su conocimiento profundo. También enfatizan que, siendo la mujer sexualmente superior al hombre, es este último quien debe equipararse a ella, y no viceversa. Al referirse al placer sexual, éste constituye una vía para iluminarnos, es decir un yoga o práctica. En su mayoría señalan que se debe evitar el orgasmo, pues éste representa un obstáculo para alcanzar la iluminación. Ahora bien, para evitar confusiones hay que aclarar, que hay hoy en día muchas escuelas y maestros que utilizan en nombre tántrico pero que no comparten la visión que estamos enunciando. Esto es porque Tantra es utilizado de modo amplio, muchas veces incluso por corrientes que promueven el ascetismo.
El Taoísmo, por su parte, floreció en China y es una filosofía centrada en la observación y comprensión profunda de la naturaleza. Su influencia ha sido enorme para la cultura china, en su medicina, sus artes marciales, sus sistemas de adivinación, artes plásticas y poéticas, etc. Como filosofía plantea la existencia de dos principios: Yin (femenino) y Yang (masculino) en constante movimiento y equilibrio. Aunque el imperio chino era muy machista y patriarcal, los taoístas enfatizaron (y lo siguen haciendo) el hecho de que existe un equilibrio entre yin y yang. En el Tao Te King, su principal libro escrito por Lao Tse en el siglo VI. A. de C., encontramos pistas matrízticas, cuando menciona a “La Madre de Todas las Cosas” (Canto I) o a "la Hembra Misteriosa" (Canto VI), y su constante alusión al elemento agua, como símbolo de lo femenino. En el plano sexual, los maestros taoístas desarrollaron lo que llamaron el Tao del Amor o Kung Fu sexual, en el que son aún más explícitos al prevenir al hombre contra la eyaculación del semen. Maestros taoístas modernos, como Mantak Chia, nos enseñan cómo el hombre y la mujer, en vez de llegar al orgasmo, pueden alcanzar una experiencia superior, mediante lo que ellos llaman el “Orgasmo Valle”, el cual no tiene nada que ver con la descarga genital.

Queda claro que tanto el Tantra como el Taoísmo son filosofías pre-patriarcales, ligadas a lo matríztico, que han logrado sobrevivir hasta nuestros días. ¿Por qué justamente en ellas encontramos una aproximación a la sexualidad como algo sagrado, misterioso, extático, y por qué nos plantean hábitos sexuales tan distintos, como evitar la eyaculación y el orgasmo para así acceder a una experiencia de carácter "superior"? Son estas culturas que descienden de lo matrístico las que justamente nos están planteando un enfoque Transorgásmico (o sea, que evita y trasciende el orgasmo, tal como lo hemos estado señalando en otros artículos sobre el tema). A través de estas prácticas nos abrimos a una experiencia de lo sexual como camino de encuentro con lo sagrado, sin caer en la ambivalencia que resulta del orgasmo. El acto sexual, desde estas aproximaciones transorgásmicas, ya no causa contrariedad ni culpa, ni frustración, ni es la raíz de la rivalidad inconsciente entre el hombre y la mujer.

Pero el Tantra indio y el Tao chino no son los únicos casos de tradiciones que habrían adoptado una visión y una práctica del sexo como ámbito sagrado. Sabemos que lo matríztico existió también en Europa y el Medio Oriente, antes de las invasiones de los patriarcales semitas e indoeuropeos. Esto nos lleva a creer que un conocimiento similar al Tantra o al Tao del Amor ciertamente tiene que haber existido también en occidente y, por qué no, en todo el mundo antiguo.

Como ejemplo, en el Tantra indio el culto central está dirigido al dios Shiva y a su consorte Shakti, quienes abrazados sexualmente y en meditación mantienen al universo en perpetuo movimiento. Pero Shiva posee un paralelismo directo con Dionisios, el dios Griego del vino y del éxtasis (Danielou, 1987) Los drávidas, por su parte, habitantes de la India Pre-Védica (tántrica y matríztica), serían de un origen étnico Alpino-Meditarráneo, o sea Europeo (Vas Lysebeth, 1990). Por ende, habría suponer que las Culturas de la Europa antigua (llamada Civilización de la Europa Antigua) y del Asia Menor arcaicas, que construyeron grandes construcciones megalíticas, y que continuaron ejerciendo una influencia grande pero subterránea, a través de las grandes Herejías y Escuelas Filosóficas y Espirituales de Occidente, conocieron y practicaron una visión tántrica (o sea transorgásmica) de la sexualidad. El Culto a Dionisio, por ejemplo, el Shiva mediterráneo, con sus misterios sexuales, estaba ampliamente extendido por el mundo griego, latino y Egipcio (Danielou, 1987). En estos lugares, aunque el dominio patriarcal se hacía sentir (con sus guerras y esclavitud), habría habido pequeños grupos que, al igual que como ocurrió en India y China, conservaron un saber práctico respecto a la sexualidad, no enfocada a la reproducción sino al desarrollo interno del individuo. Esto también podemos suponerlo en base al estudio de los mitos y símbolos de esas culturas, los cuales dan pistas bastante contundentes de la presencia de un conocimiento esotérico respecto a la sexualidad (por ejemplo, en la Cábala Hebrea, en el Gnosticismo la Alquimia o el Amor Cortés). La palabra dionisíaco, por su lado, se usa hasta hoy y bien podría ser un calificativo válido para el éxtasis transorgásmico.

La conclusión final es que existe una clara conexión entre las culturas matrízticas y la sexualidad transorgásmica. El patriarcado, por parte, nos ha legado su afán por encapsular lo sexual en su aspecto más básico y animal, imponiendo como norma una sexualidad centrada en la eyaculación y el orgasmo. Esto debiera hacernos reflexionar: la esclavitud y la guerra, otras herencias del patriarcado, hace un tiempo atrás eran también aceptadas como "naturales". ¿No será hora de cuestionar también las creencias y valores que rigen nuestros hábitos sexuales?

REFERENCIAS

Danielou, A. (1987) Shiva y Dionisos. Buenos Aires: kairós
Eisler, R. (2000) El Cáliz y la Espada. Santiago: Cuatro Vientos.

Maturana, H. (2000) Prólogo, El Caliz y La Espada. Santiago: Cuatro Vientos

Robinson, M. (2009). Cupid’s Poisoned Arrow. North Atlantic Ed.

Van Lysebeth, A. (1990) Tantra, el Culto a lo Femenino. Urano Ed.